18 octubre 2011

"Bip, Bip"

Ni ElPaís.com, ni Efedata, ni el canal 24 horas... mi fuente de información más inmediata de lo que pasa en este país (es decir, los crímenes, porque no pasa otra cosa, ¿no?) es la señora Julia, mi madre.
Cuando matan a un periodista, cuando encuentran 40 cuerpos descuartizados en Veracruz... mi movil suele sonar como alerta de operadora telefónica "Bip, Bip: Otra periodista decapitada". No, no escucho a Carmen Aristegui al despertar, no me hace falta, la señora Julia o, en su defecto, su señor marido, el tocayo don Julián son mis más fieles alertas de lo que pasa en este país. Mis compañeros están de lo más contentos con sus alertas, pues los crímenes llegan a mí casi antes de que se produzcan.
Don Julián ya me pregunta todos los días que cuándo vuelvo y me tortura psicológicamente diciendo que no duerme por las noches cuando le respondo que NO VOY A VOLVER.
Tiene que ser duro tener una hija tan torcida como yo. Por eso hay momentos en los que me gustaría ser totalmente distinta de lo que soy. Dar la vuelta a la tortilla de cada una de mis peculiares y complicadas características y probar un tiempo a ver qué se siente siendo... normal.
Así, me gustaría ser, al menos por un tiempo, conformista y adoptar mis orígenes y la lógica natural como forma de vida. Sería tan sencillo todo si me gustaran las cosas fácilmente accesibles... Si en mi rinconcito de Rinconcity me sintiera completa, si hubiera estudiado algo con más futuro que esta profesión de soñadores frustrados y hoy trabajara en un colegio, en un banco, en una oficina...
Pero no, soy lo que soy y mucho me temo que a estas alturas no lo puedo cambiar. Tiene que ser duro tener una hija como yo y por eso hay días (uno, desde que llegué) que lloro por estar lejos, por no encontrar allí lo que esta tierra herida me da.
Pero yo se que mis padres en el fondo son sabios y confían en mi cuando les digo que la vida en el DF es tranquila, que tienes más peligro de morir por una indigestión de tacos o por una ameba en el agua de jamaica que por una balacera. Y también se que son inteligentes y saben que mi sonrisa brilla aquí más que en ningún otro lugar, que atraviesa la web cam y les ilumina el salón entero.
Se que son inteligentes, si no no me hubieran hecho así de... diferente.


30 septiembre 2011

Chiquita Llorona Debilucha Escurridiza Vulnerable Fría

Desde hace un mes y medio, varias imágenes vienen a mi mente día sí y día también:
Paulita chiquita y debilucha, inmóvil en la cama, hecha una bola, con ojeras permanentes, con la única apetencia de que pase el tiempo lo más rápido posible.
Paulita escurridiza y fría, tiritando en la bañera, gritando sin voz, suplicándole al agua que le seque los ojos.
Paulita la Llorona por las calles de Madrid, escuchando música, con los ojos inundados tras enormes gafas oscuras, sin encontrar canciones que hablen de ella.
Paulita vulnerable debajo de unas sábanas, tirada sobre un desagradecido suelo, pisando aceras malqueridas, entrando en edificios asfixiantes, sintiéndose tan poca cosa que si desapareciera todos la olvidarían...
Son imágenes difusas que quizás un día viví o que igual son fruto de una imaginación trágica, pero que tienen un elemento común más allá del agua con sabor salado saliendo a borbotones de unos ojos: en todas me visualizo diciéndome a mí misma: "Paulita chiquita llorona debilucha escurridiza vulnerable fría, tranquila, un día te verás tumbada en una hamaca frente al Pacífico y, al pensar en todo esto, te reirás de ti misma".
No me imaginaba en ningún otro lugar, solo ahí, frente al mar, como tantas veces, mirando un atardecer como este.
Ese Pacífico que siempre me trajo paz y al que siempre pude huir cuando lo necesité; ese que siempre me recibió con las aguas salvajes, recordándome lo furioso que está por su tierra dolida, pero siempre llena de pasión.
En ese Pacífico estuve hace unos días. Sobre una hamaca, mirando cómo se escondía el sol. Viendo ese atardecer que solo la realidad fabrica y que no cabe en la paleta de un pintor. Y no, no me reí de mí misma como la Paulita de mis imágenes. Pero todas y cada una de ellas vinieron a mi mente día sí y día también.
Sï, he regresado a mi amado México, ese lugar del que quizás no debí salir. O quizás sí, para darme cuenta de que necesitaba volver, unos años antes de anclar mi vida en un punto, o quién sabe si para anclarla aquí, para echar raíces en mi adorada tierra que incomprensiblemente siento tan mía.
Y pienso hacer como hasta ahora, como en estas primeras semanas, que cada día sea para recordar, por todos aquellos malos que pasé. México te voy a exprimir; pienso beberme todo tu jugo de guayaba y no pienso probar ni una pizquita de apestosa papaya.
Por segunda vez en mi vida, he enterrado a Paulita y no la voy a dejar salir nunca más. Descansa en paz Chiquita Llorona Debilucha Escurridiza Vulnerable Fría.

13 julio 2011

Te voy a contar un secreto

Llegó con el tren en marcha, buscando su asiento, y lo encontró junto al mío. Apareció cuando yo ya me había resignado a que esta vez tampoco protagonizaría una de esas historias de trenes/autobuses/aviones que los que tienen suerte viven alguna vez en la vida. Conoces a alguien y la chispa es tan instantánea que no paras de hablar hasta llegar a tu destino.

Pero aquel miércoles 22 de junio, ese Alvia y esa máquina que juega a repartir los asientos/el destino me tenían reservado a mí el regalo que llegó torpe, con el tren a punto de llegar a Guadalajara. Para cuando nos detuvimos en esa primera parada, ya había comenzado a hablar, ya me tenía atrapada pensando que no podía ser real tener frente a mí a alguien tan peculiar diciéndome todas esas cosas que mi vida tanto necesitaba. Por un instante, creí que su presencia no era real, que era una aparición divina que llegaba para hacerme entrar en razón (o una actriz contratada por la señora Julia).

Todo lo que me dijo durante los primeros minutos de nuestra larga conversación -muchas veces monólogo- fue tan revelador que creí que había encontrado la solución a todos mis problemas en algo tan simple como mi propia mente. Era lo que mi madre me dice tantas veces, lo que mi amiga Sara me obliga a llevar pintado en la mano, pero aquel acento argentino sonaba tan envolvente que me convenció: "te voy a contar un secreto, el secreto de la felicidad: piensa siempre que puedes conseguir algo y lo conseguirás, porque la fuerza de tu pensamiento es tan fuerte que hace que se logren tus sueños". Aquel importante secreto y me lo estaban revelando así, sin venir a cuento, sentada sobre un asiento de tren.

Si piensas que algo bueno te va a suceder, estarás más cerca de que te suceda y viceversa. La fuerza de tu mente es tan grande que atrae las cosas, hace que se cumplan más facilmente tus deseos, te acerca tus metas y, si piensas en negativo, atraerás desgracias. Lo había leído en un libro y tenía varias frases escritas a mano en un cuaderno.

Ciertamente, todo en la señora Dora rezumaba positividad. Todo en su vida era bonito -o ella así lo pintaba- y daba gusto escucharla hablar de las gotas mágicas de su hijo oftalmólogo y de lo feliz que era su hijita casada con un hombre que la adoraba más que a su vida. Pese a su divinidad inicial, la humanicé cuando llevaba dos horas hablándome de cosas terrenales y tuve que irme a la cafetería para procesar. Pero en sus primeras palabras, que no venían a cuento y por eso me golpearon tan fuerte, me transmitió magia y un poder difícil de explicar. Me hizo creer de nuevo en mi estrella, convencerme de que lo importante en la vida es tener sueños para poder luchar para conseguirlos. Y, el primer paso para lograrlo es sencillo: pensar que puedes hacerlo.

25 marzo 2011

Esquelas para el recuerdo

José Luis Casaus no cree en el amor perpetuo. Tampoco en el matrimonio, ni en la convivencia diaria de una pareja. Nunca se ha casado. Sin embargo, cada aniversario de la muerte de “Elenita”, la madre de sus hijos, rompe una lanza a favor de la fidelidad y escribe una esquela llena de ternura, libros y ciudades, en la que le cuenta las aventuras y desventuras de sus gemelos, Boris y Yuri. Quienes siguen su historia sin conocerlo fantasean con cuentos románticos de hombres en un eterno estado de luto; él sonríe con una pizca de malicia infantil y piensa en voz alta… “si supieran quién soy de verdad…”.

Domingo 21 de marzo de 2010. Ave Barcelona-Madrid. Una pareja lee El País y en una esquina de la página 55 encuentran una esquela que dice: “XVI ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE ELENA LUPIÁÑEZ SALANOVA. Elenita: Pese a que tus hijos, Boris y Yuri, transitan por la fantástica 5ª calle Mayor de las Ramblas Corrientes de Alexander Nevsky, sita en Saint Germain des Prés y por donde discurre el mundo, no se van de casa ni con agua caliente. Yo debería estar instalado en el lamento, pero, a fuer de verdad, no soy partidario de encender la caldera. JL Casaus”.

“¿Amor eterno? No, eso es una chorrada. Fue una historia de amor hasta el día en que ella murió, hasta ahí permanecí a su lado. Pero desde ese momento ella desapareció, se fue a la nada”, cuenta José Luis Casaus en el salón de su piso de la céntrica Calle Mayor de Madrid, un espacio lleno de estanterías tan repletas de libros que cuesta imaginar que quepa uno más. “Es un recuerdo a ella, pero no le escribo cartas al cielo ni al infierno, sino que es una ficción. Un magnífico apartado de la literatura de ficción, como diría Borges. Lo escribo a su recuerdo”.

Como en vida lo fuera Elena, Casaus es un apasionado de la literatura que duerme cada noche con el mencionado Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Ramón del Valle Inclán o Miguel Delibes. Las estanterías sobre su cama también están llenas de libros y es con ellos con quienes comparte su lecho a diario. “Tengo novia en Barcelona y el amor a 600 kilómetros es magnífico. Nos juntamos casi todos los fines de semana allí, o en Madrid, o en cualquier otra ciudad y luego ella se va a su casa y yo a la mía. Es fantástico para los dos porque cuando llegas a una determinada edad en la que todos tenemos un pasado, o muchos, eso viene magnífico”.

Aunque en los ochenta tuvo su acercamiento a la política con Izquierda Unida, a sus 58 años José Luis Casaus trabaja en la banca porque le da de comer y tiene bastante tiempo libre para disfrutar de pasiones como la escritura. Escribe a menudo, incluso ha ganado algún concurso literario de cuentos. Entre sus curiosidades personales destacan sus colecciones: una de lápices de lugares, otra de nombres de personas que coincidan con sus oficios o con la actitud con la que se enfrentan a la vida, “como el de un vecino que se apellida Lechuga y trabaja en una tienda donde vende lechugas”.

La de la familia Casaus es una casa llena de recuerdos, con las paredes cubiertas de los ya mencionados libros, de cuadros, de fotos… ni un hueco para el olvido; todos sus rincones guardan historias por contar que José Luis explica encantado, cuan guía de museo: un póster de Buster Keaton que rescató y restauró de un viejo café literario que cerraron, un retrato de una tía abuela suya que heredó de sus padres, fotos de “un hito apasionante” como fue la Revolución mexicana, un grabado original de Antoni Tàpies que pertenecía a Elena… y, en la cocina, un cuadro-montaje de la Patria de Casaus: Ava Gardner y Borges con un escudo del Real Madrid en la solapa. También hay una estantería con los libros de filosofía de Elena. “Esta mujer era una apasionada de la filosofía pero yo no entiendo nada, así que un día le pedí a sus amigos filósofos que ordenaran sus libros y así se quedaron”. “Esta mujer”, como la llama José Luis, no existirá de cuerpo presente, pero sigue poblando muchos de los rincones de la casa de los Casaus.

Cuando Elena murió, tanto él como los niños -que a penas tenían seis años y no se dieron cuenta de la magnitud del perder a una madre- aprendieron a vivir sin ella. “En el momento en que supe que tenía esa enfermedad sabía que esto terminaría y por tanto tuve tiempo para hacerme a la idea de lo que iba a pasar. No podía tirarme a llorar, pues si no estás bien ¿cómo vas a cuidar a estos dos fulanos? El día en que se murió yo los llevé al colegio y el día de su funeral igual. Continuamos”. Tuvo que criar a los gemelos solo y confiesa que le ha resultado bastante duro. “Cuando crías a un niño entre dos personas y hay una duda puedes discutirlo, pero aquí la decisión es tuya y puedes equivocarte. Nunca se me ha ocurrido la comodidad de buscar una señora para que haga de mamá. Me parece injusto y una salvajada para ambos. He tenido novias pero casi ninguna ha tenido la tentación de inmiscuirse más de la cuenta”.

Presentes en todo momento en la conversación están Boris y Yuri, que hoy tienen 22 años, y no albergan sino buenas palabras para su progenitor. “Es un padre moderno, ninguno de los de mis amigos es así, que yo conozca”, dice Boris. Aunque tienen en su leonera varias fotos con Elena, no recuerdan muchos detalles de su madre. Lo que saben es por las historias que les cuenta su padre y las antiguas amigas de ella. Como aquella que hoy repite José Luis, el momento en que conoció a la futura madre de sus hijos.

Fue en la ciudad de Tiro (Líbano), en donde ambos se encontraban en un congreso. Cuando la vio por primera vez pensó que aquella pelirroja le gustaba de verdad y no dudó en acercarse a ella y decirle sin preámbulos: “seguramente esta noche usted no tiene con quién dormir, así que puede dormir conmigo”. Ante tal osadía ella lo mandó a paseo. “Fue muy lamentable mi actuación de aquel momento, de un cretino perfecto”. Ese día ya no la vio más y no tuvo tiempo de disculparse, pero poco después volvieron a coincidir en Beirut y él pudo pedir perdón. Se presentaron. Él vivía en Moscú, ella en Barcelona.

Meses después, cuando Casaus regresó a la Ciudad Condal, decidió buscarla. Sólo sabía su nombre y que trabajaba en El País. Tres Elenas había por aquel entonces en el periódico, pero el color del pelo delató a Lupiañez. Casaus se presentó como “el cretino de Beirut” y la invitó a un café. “A la tercera llamada ella aceptó y desde entonces nos fuimos apañando”. Los dos en Barcelona, pero en pisos diferentes.

Vivieron así un par de años, hasta que llegaron Boris y Yuri y se marcharon a Madrid a vivir juntos. Al ser la suya una historia llena de viajes y ciudades, los gemelos fueron concebidos en Rusia. Como José Luis había vivido un tiempo en Moscú, Elena le pidió que la llevara a conocer la ciudad. La llevó a la ópera, al Teatro Mariinski, a ver El Príncipe Igor. “Las mujeres saben de esas cosas y ella siempre decía que se había quedado embarazada en aquel viaje. Como sonaba más romántico, decidimos adornarlo con que había sido en las filas traseras del Mariinski”. Llamaron a sus hijos Boris y Yuri, por Borís Godunov, “una ópera preciosa”, y Yuri Gagarin el primer ser humano en viajar al espacio.

“La semana que, obligatoriamente, Boris y Yuri hacen las tareas domésticas la mesa familiar se atiborra de arroz a la gusana, spaghettis erguidos o apelmazados, carne a la suela, pescado muerto y ensaladas saladas…”, dice la esquela del XIII aniversario de la muerte de Elena publicada en 2007. La vida en el hogar de los Casaus con sus tres habitantes masculinos pinta de lo más entretenida. “Estos cocinan a veces, pero cocinan mal, y yo creo que es deliberadamente para que yo no renuncie a cocinar. Tengo una amiga que dice que podría echarlos rápidamente de casa dejando de cocinar y dándoles siempre bocadillos de sardinas para que se harten y se larguen. Tengo tentación de hacerlo, pero siempre lo dejo para el día siguiente”. Como decía en la esquela de este año, no está preparado para encender la caldera y calentar el agua. “No, de momento no se van”, dice con una mezcla de cariño, resignación y convencimiento.

Lo que más le dolió a José Luis de la muerte de Elena fue lo injusto del momento. “Imagínate lo que significaría para ella largarse y dejar a estos dos individuos tan pequeños. La amargura de ella no era tanto por morirse sino por todo lo que significaba dejar a sus hijos. Es una cosa brutal. Si me pasase a mí, incluso ahora, también sería una amargura”. Irse tan joven y sin saber qué iba a ser de sus hijos tuvo que ser una tortura mayor para Elena que el cáncer de pulmón que acabó con su vida a los 40 años. “Ella podía pensar que yo me ocuparía de ellos o que sería un irresponsable. He intentado no serlo, aunque en mi vida personal sí lo soy, pues no se puede vivir si no eres un irresponsable en ese ámbito, mientras no hagas daño a nadie. Pero en el terreno familiar hay que ser leal”.

Por esta amargura que debió sentir Elena surgió también la idea de contarle mediante esquelas las evoluciones de Boris y Yuri. “Pensé que si viviera a ella le gustaría que yo le fuera explicando qué hacen estos elementos. Por ejemplo, se fue con la amargura de que los niños no sabían leer y por eso una de las primeras esquelas hablaba de que los gemelos ya habían aprendido a dialogar con las sílabas”. En resumen, explica José Luis, “no es tanto contarle a ella la vida porque ya no existe -soy ateo y perfectamente consciente de que en el mismo instante que expiró se acabó- sino que es un mensaje a su recuerdo que también sirve de información a su gente, a mi gente…”.

Después de 16 años esta historia que se actualiza cada 21 de marzo no ha pasado desapercibida y son varios los blogs y páginas web que especulan en la red sobre su vida. “Hace un tiempo un individuo, Ignacio, escribió una carta muy bonita en El País; lo he conocido y seguimos manteniendo una amistad”. Pero lo que más divierte a José Luis son las historias derivadas de la falsa imagen que algunos lectores tienen de él, quienes lo imaginan como “el viudo negro”.

Hace unos años, la historia de Casaus saltó a la televisión en un Telediario que titulaba el reportaje como “Amor eterno”. “Tal y como la presentaron parecía la historia de un individuo en luto permanente. Mucha gente de aquí del barrio que me conoce me veía y pensaba que era un pobrecito hombre compungido y deprimido al cuidado de sus hijos. De hecho, al día siguiente de que se emitiera el reportaje me encontré con una alta figura de la iglesia católica y el hombre me dio un abrazo y me dijo: José Luis, qué orgulloso me sentí de usted, qué ejemplo para la juventud que sólo piensa en fornicar y no como usted, una persona sensata y sacrificada por sus hijos”. En aquel momento, al ateo de Casaus no le quedó de otra que tirar de cinismo y aguantar el tipo.

Aunque algún año los sucesos repentinos –como cuando sucedió el atentado del 11M- le han hecho alterar su texto y tener que reenviarlo, escribe las esquelas un mes antes del aniversario y siempre las discute con sus hijos, pues es de ellos de quienes habla. Cada 21 de marzo tiene un hueco reservado en El País; no ha faltado ni un solo año a la cita, ni piensa hacerlo, a no ser que Boris o Yuri se lo pidan. Pero ellos están encantados de las excentricidades de su padre, como seguro lo estaría Elena si viviera. “Adoraba mis excentricidades y a mí me encantaba hacerlas porque sabía que a ella le gustaban”.

“Si Elena viviera, creo que le gustaría cómo están los chavales”, asegura José Luis justo antes de afirmar sin titubeos que “de haber sido posible elegirlo, habría preferido morirme yo a que se muriera ella, pues ella lo habría hecho mejor con los niños”. A pesar de la generosa frase, confiesa bromeando que, dado su historial, probablemente ya no estarían juntos, se habrían separado. “Me jodió muchísimo su muerte, lloré lo necesario y se acabó. A veces todavía me acuerdo y lloro, pero ella es un recuerdo lejano; de amor eterno, nada de nada”.

La pareja del tren comenta la esquela y ella le cuenta a él lo poco que sabe de la historia de Elenita, pues no es la primera vez que se topa con aquel recuadro tan poco fúnebre y tan lleno de encanto. Pero no entiende bien la de este año. Entre los dos la descifran: “no es un lugar concreto, son la Quinta Avenida de Nueva York, la calle Mayor de Madrid, las Ramblas de Barcelona, la calle Corriente de Buenos Aires, la avenida Nevsky de San Petesburgo y Saint Germain des Prés de París, calles importantes de ciudades importantes”.

Inmersos en su charla, no se han dado cuenta de que en el asiento de al lado está sentado un señor que sonríe mientras los escucha. Se les acerca con el carné de identidad en la mano. “El fulano ese, el tal JL Casaus, soy yo”. Caras de incredulidad, felicitaciones, besos y cariñosos apretones de mano.

21 marzo 2011

¿Un año vacío?

Hoy he abierto el periódico y, como cada 21 de marzo desde hace 16 años, ahí estaba, el mensaje para Elenita.
Cuál ha sido mi sorpresa al ir a poner la historia de este año en mi blog cuando he visto que la del año pasado sólo está unas pocas entradas por debajo. ¿Acaso no me ha pasado nada interesante en 365 días? ¿no he tenido nada que contar? Sólo penas y tristezas... ¡maldita muerte de mi inspiración!.
No me quiero suicidar ni nada por el estilo (aunque lo parezca en mis textos) y ya casi no estoy deprimida (como para estarlo con tantos mensajes de ánimo) pero es cierto que la tristeza inspira más que la alegría y que, dicho sea de paso, los que me conocéis sabéis que lo mío es el melodrama... Pero no, ya se acabó, a partir de ahora lucharé por contar cosas positivas. Y empezaré mañana, pues nunca publiqué aquí -ni en ningún otro lado- la entrevista que el pasado año pude hacerle al autor de estas esquelas, el inolvidable (aunque yo me olvidé de enviarle el texto) Jose Luis Casaus. Porque la historia de Elenita no es triste, sino todo lo contrario; es una historia de vida que nada tiene que ver con lo que parece. Mañana la cuelgo, que ya va siendo hora de romper las reglas ilógicas, aunque sea a posteriori.

08 marzo 2011

El pozo...

...es algo tan profundo que, cuando estás dentro, parece imposible salir.

...es cuando piensas que todo se ha aliado para que estés ahí, caída en un profundo pozo con la salida difusa.

...es cuando crees que alguien tiene que echarte una cuerda y levantarte, en lugar de ser tú la que empiece a trepar. Porque las cuerdas que quien te quiere te echa, esas en forma de visitas, mensajes, llamadas o abrazos te ayudan impresionantemente, pero no si tú eres un peso muerto que se deja subir. La salida es una combinación entre ambas.

...es cuando sientes que se te ha olvidado quién eres, quién has sido, quién quieres ser... Y no recuerdas las cosas que antes te hacían feliz; y no encuentras una sola canción que hable de ti, ya casi nunca pones música. Se te olvidó que un día disfrutabas llenando este blog de historias y tonterías, que nunca podías aburrirte porque siempre había por ahí unas tijeras, un bolígrafo, una cámara de fotos... Se te olvidó que un día fuiste capaz de rehacer tu mundo pisoteado y te sientes un mosquito inútil.

...es cuando miras a tu alrededor y no ves un motivo que justifique el por qué estar en un pozo. No tienes derecho a estar en él pero un día te caíste y ahora simplemente te has acostumbrado a vivir ahí, como quien se acostumbra a lo incómodo de un dolor fuerte o a una pérdida. Y te acostumbras hasta el punto de que no ves que las imperfecciones que tienen las paredes de tu pozo podrías utilizarlas para trepar y salir a la luz.

Sabes que están ahí, que primero iría un pie, luego una mano, después la otra y el otro pie al final. Trepar, trepar... con ese juego de extremidades hasta la elevación. Pero cuesta tanto empezar a moverse que prefieres seguir acurrucada sobre el colchón de hojas caídas que has ido acumulando estos meses de pozo alquilado. Mirando el cielo por el agujero de tu pozo, creyendo que algún día llegará esa cuerda irrompible, ese pájaro gigante a salvarte.

03 agosto 2010

25

Son las 23:48 de la noche de este lunes, 2 de agosto.

Faltan doce minutos para mi 25 cumpleaños, el cumpleaños más triste de mi vida.

Llevo mucho tiempo sin escribir, lo se, pero estos meses no han sido en absoluto inspiradores, ni han estado sobrados de tiempo libre, y sí llenos de excusas para no ponerme frente a un ordenador a teclear. Y, las últimas semanas, llenas de lágrimas y pesadumbre.

Faltan ocho minutos para que cumpla un cuarto de siglo y creo que voy a recibir mis 25 llorando, que es lo que más y mejor hago últimamente. Llorando y escribiendo, que es lo que más y mejor hacía en otros tiempos que ya parecen tan lejanos. Parece que nunca haya escrito, es como si se me hubieran olvidado hasta las letras.

Faltan cinco minutos para mis 25 años y no puedo parar de acordarme de cómo fueron mis 24 cumpleaños anteriores. En parte por "culpa" de mi madre, que acaba de llamar. Su esfuerzo y dedicación para que "la niña" siempre tenga su día. Llama cinco minutos antes; tiene el reloj adelantado, vive en su horario particular en el que todo el mundo llega tarde. También está llamando Rodrigo, pero faltan dos minutos y yo quiero escribir, que para una vez que me pongo...

Son las doce en punto y ya tengo 25 años, mi cuarto de siglo ha comenzado y lo he recibido aquí, en mi cama, sola, llorando. Llorando como cuando cumplía cinco años y mi novio de la guardería, el Carlitos Miranda, me llenaba la nariz de nata y yo berreaba porque se me pegaba en el pelo y luego parecía cartón-piedra. Llorando sin parar porque estoy "sola" en Madrid, porque todos los míos están allá celebrando las fiestas sin mí.

Como veis, aunque haya cumplido dos décadas y un lustro en el fondo soy niña, una niña consentida a la que siempre le ha salido todo bien, cuyo drama mayor en sus 25 años de existencia es que la dejara un novio egoísta y tropezarse con algún que otro capullo (con LL y sin puntos suspensivos) más. Y es que, como dice mi madre, las nuevas generaciones estamos poco acostumbradas a sufrir y cualquier contradicción mínima nos parece una montaña insalvable.

Pero mi Lu, que sabe mucho de todo y empezó el camino hacia la Super-ación de mi mano, el otro día me regaló una foto de cuando yo estaba en medio de la epidemia mexicana y ella trataba de desintoxicarse de la fragilidad. Aquella foto en la que parecíamos sirenas.. Y me acordé de lo fuerte que solía yo creerme y lo frágil que me siento últimamente. Irreconocible.

Ya es la una y media y en todo este rato además de escribir he recibido llamadas que me han tranquilizado y me han servido de desahogo. Ahora se que en Rinconcity habrá un relevo mío, alguien bailando mal el Waka-Waka cada vez que suene; y que mi pezA Rosita sigue viva (aunque aún falte la prueba) por aguas de pecera mexicana; y que hasta desde Ibiza se acuerdan de mí... y que... tantas cosas de gente importante, esos que te hacen sentir acompañada por muy sola que estés.

Cause we're strong strong... to carry on... y algún día volveré a surfear de nuevo con mi tabla plateada, en el Atlántico, o en mi querido Pacífico...

Volveré, pronto volveré para quedarme.

02 abril 2010

Abril

Ayer fue ayer y hoy comienza abril, el mes de las canciones tristes. Ese que a Sabina un día le robaron y al que La Fuga maldijo porque, según me contó Nando, el cantante, en una entrevista le habían pasado demasiadas cosas malas en abril.

Un 20 de abril los Certas Cortos tuvieron un ataque de nostalgia y melancolía y se pusieron a escribir una carta a su ayer. A Amaral la echaron de menos un 15 de abril, ese alguien a quien conoció en enero y la dejó olvidada en febrero (suele suceder...), pero como el pasado nunca vuelve... Y, para mi Alejandro, obvio pasaron muchas cosas en abril. Por ejemplo, en un día de abril le vinieron a la mente las imágenes de ese amor a quien siempre esperó en la silla cansada de la esquina, ese alguien a quien, por cobarde, no le dió todos los besos que merecía.

Para mi Alejandro abril es el mes de ir al desierto, cuando siempre acaba haciendo un nuevo intento por saber de ti. También es un mes fugaz, como ser feliz... de esos que pudo ser y no fue, por ser la vida como es... ¿Por qué es tan prolífico y triste el mes de abril? Pensad en la cantidad de canciones que tiene... y muchas de ellas tristes o melancólicas.


Será porque la primavera altera la sangre de quienes estuvieron aletargados en invierno. Deciden despertar y cambiar, volverse como las flores, atraer a mariposas multicolor...
Quizás es porque para muchos, como para mí -que ayer fue mi segundo "segundo cumpleaños"- sea un mes de hacer balance... de ver quiénes éramos hace no mucho y en quiénes nos hemos convertido.
Es raro el mes de abril, está demasiado en medio, ni hace calor, ni hace frío... Creo que me gusta abril, aunque a veces me den tentaciones de viajar al desierto... siempre vencidas por la sonrisa de ver quién era y en quién me he convertido. De comprobar lo atrás que quedó Paulita... y lo cerca que está SuperPEM...


30 marzo 2010

Mi amiga Irene, la camboyana


Mi amiga Irene se quiere ir a vivir a Camboya. Lo ponía el otro día en su estado de Tuenti, y eso es que va en serio. Dice que está cansada de Madrid y ya se quiere ir de aquí donde se cruzan los caminos. Se quiere ir a Camboya sin saber que Phnom Penh es su capital y, digo yo, ¿para dónde irá a comprar los boletos? Quién sabe...

Mi amiga Irene es especial, auténtica, de las de monólogo a lo Antonia San Juan LaAgrado. Cuenta historias que parecen salidas de una película de Almodóvar del Madrid de la Movida (a lo Pepi, Luci, Boom) y es por eso que no entiendo cómo demonios se quiere ir a Camboya a hablar jemer con alguno de sus 14 millones de habitantes.

Mi amiga Irene tiene un gato negro -pantera en potencia- que es modelo de fotos Tuenti, llamado Mojito, al que estruja, besa y apapacha más que a ningún ser humano del mundo mundial. Por lo que he leído, en Camboya hay tigres, cocodrilos, elefantes y búfalos de agua, pero lindos gatitos normales no se si habrá, y tampoco se si serán tratados como mascotas o servirán para enriquecer el caldo.

Mi amiga Irene y yo nos conocemos de toda la vida, desde que a ella la llamaban Tocinito de Cielo y yo era una raspa con palmera en la cabeza. Y ella vivía feliz en elcampo de Casas Blancas y sus ¿cinco habitantes por kilómetro cuadrado?.¿Qué va ha hacer en Camboya con 71 habitantes en cada kilómetro cuadrado? quizas hacerse budista, o enseñar a leer al 80 por ciento de la población, que es analfabeta.


Creo que se por qué mi amiga Irene quiere dejar Madrid para irse a Camboya. Le pasa un poco como a mí, que aunque Madrid mola -y hay fiesta y gente estupenda y es donde debemos estar- no podemos parar de pensar que en otro sitio estaríamos o estuvimos mejor.
En ese lugar que te complementa y en el que te sientes bien porque sí, y que, como el amor verdadero, unos encuentran pronto, otros tarde y otros nunca, por más que viajen en autobús, barco, jet privado o bicicleta. En ese sitio al que mi Alejandro llamaría Paraíso, pero no por sus palmeras con cocos llenos de ambrosía, sino porque desprende de sus calles, montañas y ríos un algo inexplicable que revoluciona tus cinco sentidos.

Tiene que ser por esto por lo que se quiere ir a Camboya, porque Madrid no la llena del todo. Porque no es comprensible si no que se quiera ir a un país tres veces más pequeño que España, en el que hay monzones tropicales de dos tipos -de mayo a octubre y de noviembre a marzo- y en el que la renta per cápita es de 2.534 dólares por habitante (la de España es de 35.116)..

He leído por ahí que en Camboya está de moda eso de pescar, por allá por el río Mekong. Pero no veo yo mucho a mi amiga Irene pescando, ni con caña, ni con red, ni nada. Y si pesca, más la veo pescando en el Ebro, un domingo de resaca.

21 marzo 2010

Hoy, 21 de marzo...

... es el único día del año en el que me permito el lujo de volverme ñoña y creo en el amor verdadero y para siempre. De esos en los que no hace falta caer en lo convencional y decir "te quiero" o "nunca te olvidaré"; salirse de lo común.


Me alegra saber que los gemelos Boris y Yuri, un año más, siguen bien, a pesar de la crisis, a pesar de la imposible emancipación...
Hasta el año que viene, Elenita...

(Gracias Clau. Sonó bonito en la voz de Julia La CuentaCuentos)