José Luis Casaus no cree en el amor perpetuo. Tampoco en el matrimonio, ni en la convivencia diaria de una pareja. Nunca se ha casado. Sin embargo, cada aniversario de la muerte de “Elenita”, la madre de sus hijos, rompe una lanza a favor de la fidelidad y escribe una esquela llena de ternura, libros y ciudades, en la que le cuenta las aventuras y desventuras de sus gemelos, Boris y Yuri. Quienes siguen su historia sin conocerlo fantasean con cuentos románticos de hombres en un eterno estado de luto; él sonríe con una pizca de malicia infantil y piensa en voz alta… “si supieran quién soy de verdad…”.
Domingo 21 de marzo de 2010. Ave Barcelona-Madrid. Una pareja lee El País y en una esquina de la página 55 encuentran una esquela que dice: “XVI ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE ELENA LUPIÁÑEZ SALANOVA. Elenita: Pese a que tus hijos, Boris y Yuri, transitan por la fantástica 5ª calle Mayor de las Ramblas Corrientes de Alexander Nevsky, sita en Saint Germain des Prés y por donde discurre el mundo, no se van de casa ni con agua caliente. Yo debería estar instalado en el lamento, pero, a fuer de verdad, no soy partidario de encender la caldera. JL Casaus”.
“¿Amor eterno? No, eso es una chorrada. Fue una historia de amor hasta el día en que ella murió, hasta ahí permanecí a su lado. Pero desde ese momento ella desapareció, se fue a la nada”, cuenta José Luis Casaus en el salón de su piso de la céntrica Calle Mayor de Madrid, un espacio lleno de estanterías tan repletas de libros que cuesta imaginar que quepa uno más. “Es un recuerdo a ella, pero no le escribo cartas al cielo ni al infierno, sino que es una ficción. Un magnífico apartado de la literatura de ficción, como diría Borges. Lo escribo a su recuerdo”.
Como en vida lo fuera Elena, Casaus es un apasionado de la literatura que duerme cada noche con el mencionado Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Ramón del Valle Inclán o Miguel Delibes. Las estanterías sobre su cama también están llenas de libros y es con ellos con quienes comparte su lecho a diario. “Tengo novia en Barcelona y el amor a 600 kilómetros es magnífico. Nos juntamos casi todos los fines de semana allí, o en Madrid, o en cualquier otra ciudad y luego ella se va a su casa y yo a la mía. Es fantástico para los dos porque cuando llegas a una determinada edad en la que todos tenemos un pasado, o muchos, eso viene magnífico”.
Aunque en los ochenta tuvo su acercamiento a la política con Izquierda Unida, a sus 58 años José Luis Casaus trabaja en la banca porque le da de comer y tiene bastante tiempo libre para disfrutar de pasiones como la escritura. Escribe a menudo, incluso ha ganado algún concurso literario de cuentos. Entre sus curiosidades personales destacan sus colecciones: una de lápices de lugares, otra de nombres de personas que coincidan con sus oficios o con la actitud con la que se enfrentan a la vida, “como el de un vecino que se apellida Lechuga y trabaja en una tienda donde vende lechugas”.
La de la familia Casaus es una casa llena de recuerdos, con las paredes cubiertas de los ya mencionados libros, de cuadros, de fotos… ni un hueco para el olvido; todos sus rincones guardan historias por contar que José Luis explica encantado, cuan guía de museo: un póster de Buster Keaton que rescató y restauró de un viejo café literario que cerraron, un retrato de una tía abuela suya que heredó de sus padres, fotos de “un hito apasionante” como fue la Revolución mexicana, un grabado original de Antoni Tàpies que pertenecía a Elena… y, en la cocina, un cuadro-montaje de la Patria de Casaus: Ava Gardner y Borges con un escudo del Real Madrid en la solapa. También hay una estantería con los libros de filosofía de Elena. “Esta mujer era una apasionada de la filosofía pero yo no entiendo nada, así que un día le pedí a sus amigos filósofos que ordenaran sus libros y así se quedaron”. “Esta mujer”, como la llama José Luis, no existirá de cuerpo presente, pero sigue poblando muchos de los rincones de la casa de los Casaus.
Cuando Elena murió, tanto él como los niños -que a penas tenían seis años y no se dieron cuenta de la magnitud del perder a una madre- aprendieron a vivir sin ella. “En el momento en que supe que tenía esa enfermedad sabía que esto terminaría y por tanto tuve tiempo para hacerme a la idea de lo que iba a pasar. No podía tirarme a llorar, pues si no estás bien ¿cómo vas a cuidar a estos dos fulanos? El día en que se murió yo los llevé al colegio y el día de su funeral igual. Continuamos”. Tuvo que criar a los gemelos solo y confiesa que le ha resultado bastante duro. “Cuando crías a un niño entre dos personas y hay una duda puedes discutirlo, pero aquí la decisión es tuya y puedes equivocarte. Nunca se me ha ocurrido la comodidad de buscar una señora para que haga de mamá. Me parece injusto y una salvajada para ambos. He tenido novias pero casi ninguna ha tenido la tentación de inmiscuirse más de la cuenta”.
Presentes en todo momento en la conversación están Boris y Yuri, que hoy tienen 22 años, y no albergan sino buenas palabras para su progenitor. “Es un padre moderno, ninguno de los de mis amigos es así, que yo conozca”, dice Boris. Aunque tienen en su leonera varias fotos con Elena, no recuerdan muchos detalles de su madre. Lo que saben es por las historias que les cuenta su padre y las antiguas amigas de ella. Como aquella que hoy repite José Luis, el momento en que conoció a la futura madre de sus hijos.
Fue en la ciudad de Tiro (Líbano), en donde ambos se encontraban en un congreso. Cuando la vio por primera vez pensó que aquella pelirroja le gustaba de verdad y no dudó en acercarse a ella y decirle sin preámbulos: “seguramente esta noche usted no tiene con quién dormir, así que puede dormir conmigo”. Ante tal osadía ella lo mandó a paseo. “Fue muy lamentable mi actuación de aquel momento, de un cretino perfecto”. Ese día ya no la vio más y no tuvo tiempo de disculparse, pero poco después volvieron a coincidir en Beirut y él pudo pedir perdón. Se presentaron. Él vivía en Moscú, ella en Barcelona.
Meses después, cuando Casaus regresó a la Ciudad Condal, decidió buscarla. Sólo sabía su nombre y que trabajaba en El País. Tres Elenas había por aquel entonces en el periódico, pero el color del pelo delató a Lupiañez. Casaus se presentó como “el cretino de Beirut” y la invitó a un café. “A la tercera llamada ella aceptó y desde entonces nos fuimos apañando”. Los dos en Barcelona, pero en pisos diferentes.
Vivieron así un par de años, hasta que llegaron Boris y Yuri y se marcharon a Madrid a vivir juntos. Al ser la suya una historia llena de viajes y ciudades, los gemelos fueron concebidos en Rusia. Como José Luis había vivido un tiempo en Moscú, Elena le pidió que la llevara a conocer la ciudad. La llevó a la ópera, al Teatro Mariinski, a ver El Príncipe Igor. “Las mujeres saben de esas cosas y ella siempre decía que se había quedado embarazada en aquel viaje. Como sonaba más romántico, decidimos adornarlo con que había sido en las filas traseras del Mariinski”. Llamaron a sus hijos Boris y Yuri, por Borís Godunov, “una ópera preciosa”, y Yuri Gagarin el primer ser humano en viajar al espacio.
“La semana que, obligatoriamente, Boris y Yuri hacen las tareas domésticas la mesa familiar se atiborra de arroz a la gusana, spaghettis erguidos o apelmazados, carne a la suela, pescado muerto y ensaladas saladas…”, dice la esquela del XIII aniversario de la muerte de Elena publicada en 2007. La vida en el hogar de los Casaus con sus tres habitantes masculinos pinta de lo más entretenida. “Estos cocinan a veces, pero cocinan mal, y yo creo que es deliberadamente para que yo no renuncie a cocinar. Tengo una amiga que dice que podría echarlos rápidamente de casa dejando de cocinar y dándoles siempre bocadillos de sardinas para que se harten y se larguen. Tengo tentación de hacerlo, pero siempre lo dejo para el día siguiente”. Como decía en la esquela de este año, no está preparado para encender la caldera y calentar el agua. “No, de momento no se van”, dice con una mezcla de cariño, resignación y convencimiento.
Lo que más le dolió a José Luis de la muerte de Elena fue lo injusto del momento. “Imagínate lo que significaría para ella largarse y dejar a estos dos individuos tan pequeños. La amargura de ella no era tanto por morirse sino por todo lo que significaba dejar a sus hijos. Es una cosa brutal. Si me pasase a mí, incluso ahora, también sería una amargura”. Irse tan joven y sin saber qué iba a ser de sus hijos tuvo que ser una tortura mayor para Elena que el cáncer de pulmón que acabó con su vida a los 40 años. “Ella podía pensar que yo me ocuparía de ellos o que sería un irresponsable. He intentado no serlo, aunque en mi vida personal sí lo soy, pues no se puede vivir si no eres un irresponsable en ese ámbito, mientras no hagas daño a nadie. Pero en el terreno familiar hay que ser leal”.
Por esta amargura que debió sentir Elena surgió también la idea de contarle mediante esquelas las evoluciones de Boris y Yuri. “Pensé que si viviera a ella le gustaría que yo le fuera explicando qué hacen estos elementos. Por ejemplo, se fue con la amargura de que los niños no sabían leer y por eso una de las primeras esquelas hablaba de que los gemelos ya habían aprendido a dialogar con las sílabas”. En resumen, explica José Luis, “no es tanto contarle a ella la vida porque ya no existe -soy ateo y perfectamente consciente de que en el mismo instante que expiró se acabó- sino que es un mensaje a su recuerdo que también sirve de información a su gente, a mi gente…”.
Después de 16 años esta historia que se actualiza cada 21 de marzo no ha pasado desapercibida y son varios los blogs y páginas web que especulan en la red sobre su vida. “Hace un tiempo un individuo, Ignacio, escribió una carta muy bonita en El País; lo he conocido y seguimos manteniendo una amistad”. Pero lo que más divierte a José Luis son las historias derivadas de la falsa imagen que algunos lectores tienen de él, quienes lo imaginan como “el viudo negro”.
Hace unos años, la historia de Casaus saltó a la televisión en un Telediario que titulaba el reportaje como “Amor eterno”. “Tal y como la presentaron parecía la historia de un individuo en luto permanente. Mucha gente de aquí del barrio que me conoce me veía y pensaba que era un pobrecito hombre compungido y deprimido al cuidado de sus hijos. De hecho, al día siguiente de que se emitiera el reportaje me encontré con una alta figura de la iglesia católica y el hombre me dio un abrazo y me dijo: José Luis, qué orgulloso me sentí de usted, qué ejemplo para la juventud que sólo piensa en fornicar y no como usted, una persona sensata y sacrificada por sus hijos”. En aquel momento, al ateo de Casaus no le quedó de otra que tirar de cinismo y aguantar el tipo.
Aunque algún año los sucesos repentinos –como cuando sucedió el atentado del 11M- le han hecho alterar su texto y tener que reenviarlo, escribe las esquelas un mes antes del aniversario y siempre las discute con sus hijos, pues es de ellos de quienes habla. Cada 21 de marzo tiene un hueco reservado en El País; no ha faltado ni un solo año a la cita, ni piensa hacerlo, a no ser que Boris o Yuri se lo pidan. Pero ellos están encantados de las excentricidades de su padre, como seguro lo estaría Elena si viviera. “Adoraba mis excentricidades y a mí me encantaba hacerlas porque sabía que a ella le gustaban”.
“Si Elena viviera, creo que le gustaría cómo están los chavales”, asegura José Luis justo antes de afirmar sin titubeos que “de haber sido posible elegirlo, habría preferido morirme yo a que se muriera ella, pues ella lo habría hecho mejor con los niños”. A pesar de la generosa frase, confiesa bromeando que, dado su historial, probablemente ya no estarían juntos, se habrían separado. “Me jodió muchísimo su muerte, lloré lo necesario y se acabó. A veces todavía me acuerdo y lloro, pero ella es un recuerdo lejano; de amor eterno, nada de nada”.
La pareja del tren comenta la esquela y ella le cuenta a él lo poco que sabe de la historia de Elenita, pues no es la primera vez que se topa con aquel recuadro tan poco fúnebre y tan lleno de encanto. Pero no entiende bien la de este año. Entre los dos la descifran: “no es un lugar concreto, son la Quinta Avenida de Nueva York, la calle Mayor de Madrid, las Ramblas de Barcelona, la calle Corriente de Buenos Aires, la avenida Nevsky de San Petesburgo y Saint Germain des Prés de París, calles importantes de ciudades importantes”.
Inmersos en su charla, no se han dado cuenta de que en el asiento de al lado está sentado un señor que sonríe mientras los escucha. Se les acerca con el carné de identidad en la mano. “El fulano ese, el tal JL Casaus, soy yo”. Caras de incredulidad, felicitaciones, besos y cariñosos apretones de mano.