03 diciembre 2009

Invisibles pisadas

(Entrada escrita hace un montón de tiempo... que se quedó en el tintero... y que quería terminar)

Caminar un 10 de agosto a las 21 horas por el Faubourg Saint-Honoré puede resultar glamurosamente siniestro. La calzada se come la acera más abarrotada y zapateada por milésima de segundo de París. Pisadas de belleza y sofisticación que derrochan los tacones de las mujeres más elegantes del mundo que desfilan por ese cada vez más estrecho tramo-pasarela. Pero esta noche la calle me brindada todos sus encantos completamente desnuda."

...contaba mi amiga Inma hace unos días en su blog.

Pisadas de belleza y sofisticación desfilando por la calle... las verás en París, nunca en México Distrito Federal, y no por falta de zapatos bonitos, ni de pies con gracia y salero, sino por algo que podría llamarse miedo, desconocimiento (o exceso de confianza por mi parte).

Las mujeres mexicanas con zapatos bonitos no pisan el suelo del verdadero México. No hablo de Tepito, sino simplemente de Masaryk, la calle más chic de la capital, el Rodeo Drive, les Champs-Élysées de México. Van de tienda a tienda en coche, de valet parking en valet parking.

Como os decía, abundan los zapatos bonitos, con la paradoja de que las rotas aceras no están preparadas para ellos. Pero no es por eso por lo que las calles mexicanas no son regaladas con sus pisadas. Las mujeres mexicanas que llevan zapatos bonitos tienen miedo a pisar las aceras de México, y no por caerse.

Las mujeres con zapatos bonitos no saben qué es México, tienen miedo y el miedo les impide pasear. Es un miedo a algo que a mí me parece ficticio, como el Coco que tantas noches iba a aparecer si no dormía, como el Hombre del Saco o los monstruos debajo de la cama. Lo malo es que estos seres de los que todo el mundo habla pero pocos ven -y yo nunca vi más allá de los periódicos- sí que existen de verdad, son tan reales que el miedo a toparlos es más fuerte que el placer de desgastar unos zapatos contra el suelo.

Esto es lo que menos me gusta de México, el miedo impregnado en la sociedad, que no es lo mismo que el peligro. Francamente, yo nunca sentí el peligro y por tanto nunca tuve miedo a nada aquí. Quizás es que tengo un radar especial para detectar los peligros y por eso el temor lo sustituyo con dotes de astucia y atención... Pero son muchos los que viven constantemente con él, y eso es medio vivir.

Cuánto me gustaría que sintieran la gracia de pisar las baldosas de Masaryk. Lo encantador de que de Chanel a Escada te saluden todos los guardias de seguridad de las tiendas... Lo refrescante de pasear con un Frapuccino Starbucks de té verde, de esos que aprendí a tomar gracias a la Señorita Sesilia... Lo placentero de andar rápido porque sí ante la multitud imaginaria con la música de tu iPod, diciéndoles a las joyas de Tiffanys que no necesitas lucirlas en tu cuello, que prefieres verlas desde fuera, siempre y cuando lo hagas caminando, paseando, disfrutando de la verdadera ciudad...