03 agosto 2010

25

Son las 23:48 de la noche de este lunes, 2 de agosto.

Faltan doce minutos para mi 25 cumpleaños, el cumpleaños más triste de mi vida.

Llevo mucho tiempo sin escribir, lo se, pero estos meses no han sido en absoluto inspiradores, ni han estado sobrados de tiempo libre, y sí llenos de excusas para no ponerme frente a un ordenador a teclear. Y, las últimas semanas, llenas de lágrimas y pesadumbre.

Faltan ocho minutos para que cumpla un cuarto de siglo y creo que voy a recibir mis 25 llorando, que es lo que más y mejor hago últimamente. Llorando y escribiendo, que es lo que más y mejor hacía en otros tiempos que ya parecen tan lejanos. Parece que nunca haya escrito, es como si se me hubieran olvidado hasta las letras.

Faltan cinco minutos para mis 25 años y no puedo parar de acordarme de cómo fueron mis 24 cumpleaños anteriores. En parte por "culpa" de mi madre, que acaba de llamar. Su esfuerzo y dedicación para que "la niña" siempre tenga su día. Llama cinco minutos antes; tiene el reloj adelantado, vive en su horario particular en el que todo el mundo llega tarde. También está llamando Rodrigo, pero faltan dos minutos y yo quiero escribir, que para una vez que me pongo...

Son las doce en punto y ya tengo 25 años, mi cuarto de siglo ha comenzado y lo he recibido aquí, en mi cama, sola, llorando. Llorando como cuando cumplía cinco años y mi novio de la guardería, el Carlitos Miranda, me llenaba la nariz de nata y yo berreaba porque se me pegaba en el pelo y luego parecía cartón-piedra. Llorando sin parar porque estoy "sola" en Madrid, porque todos los míos están allá celebrando las fiestas sin mí.

Como veis, aunque haya cumplido dos décadas y un lustro en el fondo soy niña, una niña consentida a la que siempre le ha salido todo bien, cuyo drama mayor en sus 25 años de existencia es que la dejara un novio egoísta y tropezarse con algún que otro capullo (con LL y sin puntos suspensivos) más. Y es que, como dice mi madre, las nuevas generaciones estamos poco acostumbradas a sufrir y cualquier contradicción mínima nos parece una montaña insalvable.

Pero mi Lu, que sabe mucho de todo y empezó el camino hacia la Super-ación de mi mano, el otro día me regaló una foto de cuando yo estaba en medio de la epidemia mexicana y ella trataba de desintoxicarse de la fragilidad. Aquella foto en la que parecíamos sirenas.. Y me acordé de lo fuerte que solía yo creerme y lo frágil que me siento últimamente. Irreconocible.

Ya es la una y media y en todo este rato además de escribir he recibido llamadas que me han tranquilizado y me han servido de desahogo. Ahora se que en Rinconcity habrá un relevo mío, alguien bailando mal el Waka-Waka cada vez que suene; y que mi pezA Rosita sigue viva (aunque aún falte la prueba) por aguas de pecera mexicana; y que hasta desde Ibiza se acuerdan de mí... y que... tantas cosas de gente importante, esos que te hacen sentir acompañada por muy sola que estés.

Cause we're strong strong... to carry on... y algún día volveré a surfear de nuevo con mi tabla plateada, en el Atlántico, o en mi querido Pacífico...

Volveré, pronto volveré para quedarme.