13 julio 2011

Te voy a contar un secreto

Llegó con el tren en marcha, buscando su asiento, y lo encontró junto al mío. Apareció cuando yo ya me había resignado a que esta vez tampoco protagonizaría una de esas historias de trenes/autobuses/aviones que los que tienen suerte viven alguna vez en la vida. Conoces a alguien y la chispa es tan instantánea que no paras de hablar hasta llegar a tu destino.

Pero aquel miércoles 22 de junio, ese Alvia y esa máquina que juega a repartir los asientos/el destino me tenían reservado a mí el regalo que llegó torpe, con el tren a punto de llegar a Guadalajara. Para cuando nos detuvimos en esa primera parada, ya había comenzado a hablar, ya me tenía atrapada pensando que no podía ser real tener frente a mí a alguien tan peculiar diciéndome todas esas cosas que mi vida tanto necesitaba. Por un instante, creí que su presencia no era real, que era una aparición divina que llegaba para hacerme entrar en razón (o una actriz contratada por la señora Julia).

Todo lo que me dijo durante los primeros minutos de nuestra larga conversación -muchas veces monólogo- fue tan revelador que creí que había encontrado la solución a todos mis problemas en algo tan simple como mi propia mente. Era lo que mi madre me dice tantas veces, lo que mi amiga Sara me obliga a llevar pintado en la mano, pero aquel acento argentino sonaba tan envolvente que me convenció: "te voy a contar un secreto, el secreto de la felicidad: piensa siempre que puedes conseguir algo y lo conseguirás, porque la fuerza de tu pensamiento es tan fuerte que hace que se logren tus sueños". Aquel importante secreto y me lo estaban revelando así, sin venir a cuento, sentada sobre un asiento de tren.

Si piensas que algo bueno te va a suceder, estarás más cerca de que te suceda y viceversa. La fuerza de tu mente es tan grande que atrae las cosas, hace que se cumplan más facilmente tus deseos, te acerca tus metas y, si piensas en negativo, atraerás desgracias. Lo había leído en un libro y tenía varias frases escritas a mano en un cuaderno.

Ciertamente, todo en la señora Dora rezumaba positividad. Todo en su vida era bonito -o ella así lo pintaba- y daba gusto escucharla hablar de las gotas mágicas de su hijo oftalmólogo y de lo feliz que era su hijita casada con un hombre que la adoraba más que a su vida. Pese a su divinidad inicial, la humanicé cuando llevaba dos horas hablándome de cosas terrenales y tuve que irme a la cafetería para procesar. Pero en sus primeras palabras, que no venían a cuento y por eso me golpearon tan fuerte, me transmitió magia y un poder difícil de explicar. Me hizo creer de nuevo en mi estrella, convencerme de que lo importante en la vida es tener sueños para poder luchar para conseguirlos. Y, el primer paso para lograrlo es sencillo: pensar que puedes hacerlo.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Jo hija, que suerte! A mí siempre se me sienta al lado algún individuo/a que ocupa su asiento y parte del mio, y me hace ir encogido todo el trayecto....
Por eso ultimamente siempre voy en preferente ;-P

Santi dijo...

Te voy a contar yo otro: Qué ganas tenía de que escribieras. :-)

En breve te daré una sorpresa adelantada para tu cumpleaños, jeje. A seguir escribiendo, talento!!

Anónimo dijo...

Decepcionante

Anónimo dijo...

Te voy a contar yo otro secreto...

El mundo no conspira para que las cosas te vayan bien. El poder mental se acaba dentro de tu mente. En la vida hay cosas buenas, otras malas y otras regulares. Y todas acaban pasando.

Dios santo, con la filosofía para la ESO.

PILUCHI dijo...

Las madres son(somos) MUY pesadas, pero conviene escucharlas.
Seguramente que esa persona te dijo con otras palabras lo que tu madre te recuerda insistentemente .
Me alegro de que tomes buena nota y tambien de volver a lerte.
Un abrazo

Anónimo dijo...

Rebelando?